
Intenté suicidarme varias veces, pero no lo hice porque tuve miedo a morir. Y entendí que no quería suicidarme: solo quería dormir un poco.
Hay una diferencia entre matarse y dormir, ya sé, pero gracias a ese descubrimiento es que sigo vivo. Era solo cansancio.
En realidad –supongo- tampoco me hubiera matado: no encontraba un método convincente. El gas me parece muy lento y torturante. Sentarme al lado de la salida de gas es tedioso y no sé que hacer de mientras ¿me tengo que poner a esperar o tengo que meter la nariz contra la hornalla y respirar con todas mis fuerzas? No sé, descartado.
Dispararme un tiro rápido y sin pensarlo era el método más efectivo, pero hacer todo el tramiterío para conseguir un revolver y comprarlo ya me iba a dispersar y se me iban a pasar las ganas de matarme. No conozco el mercado negro de armas y no quería meterme en esa, iba a terminar preso en vez de muerto.
Cortarme las venas de un tajo me daba impresión y hasta un cierto asco, me daba escalofríos el solo pensar en el momento en el cual tengo que apretar la gilette contra las venas.
Electrocutarme me sonaba dolorosísimo.
Un veneno me daba la sensación de que entre el tiempo en que lo tomaba y surtía efecto me iba a arrepentir de haberlo hecho y ya desesperado no podría volver atrás.
Tomar pastillas iba a salir mal y seguro me atragantaba y terminaba vomitando como un estúpido o despertando en un sanatorio después que me hayan hecho un lavaje de estómago.
Tirarme desde un edificio me daba vértigo de solo imaginarlo.
La horca es demasiado morbosa.
Consideré que tenía que ser algo tan rápido y fulminante que no me diera tiempo para darme cuenta que estaba muriendo, pero todos los métodos que barajé terminaron atemorizándome. Podía contratar un tipo para que me mate en el instante menos pensado, pero esto me convertiría en un ser perseguido y temeroso y así llegué a la cobarde conclusión de que por el momento elegía seguir vivo. Suele suceder como un mal chiste que al decidir no suicidarme sucede algo imprevisto que me mata, pero no pasó nada de eso. Hasta ahora.
Y no es por paranoia, pero hay una persona vestida de negro que desde hace una semana me sigue a todas partes. Eso no me gusta nada. Y tengo miedo
De todos modos no encuentro razones por las cuales un desconocido quiera venir a matarme. Tal vez ese perro que alimenté con carne picada y vidrios hace un mes era suyo, o quizás sea un compañerito de escuela al cual le afané las figuritas o el papel glasé y ahora vuelve para saldar cuentas. O tal vez quieran cobrarme la deuda de aquel torneo de truco que jugué hace diez años donde aposté dinero que no poseía. Puede haber infinitas razones por las cuales alguien quiera matarme. Hasta puede matarme un tipo acusándome de haberme reencarnado en un cuerpo en el cual iba a reencarnarse él. O tal vez quiere matarme por la sencilla razón de que no le gusta mi cara, ustedes saben, la vida pende de un hilito muy fino: si han matado por boludeces como fronteras y cachos de tierra, si eso prevaleció más que la vida humana imagínense si no me van a pegar un tiro por mi cara de gil. De todos modos, no importa la razón por la cual quiera liquidarme, y ni siquiera sé si viene a hacerlo o no. Tal vez solo quiera avisarme que uno de estos días alguien va a dar fin a mi existencia.
La muerte me asusta, pero creo que no tanto. Siempre me pregunté que frases tentativas le diría a un asesino para convencerlo de que matarme está mal y así disuadirlo. Nunca se me ocurrió nada que pudiera aplacarlo. Así que aquí me quedo, resignado a la muerte. A mis amigos que me deben compacts: si llego a morir pueden quedárselos.
Por otra parte, todavía sigo dudando si suicidarme o no, pero tengo miedo a reencarnarme en cosas horribles: una lombriz solitaria, una vaca que a los pocos días la carnean o un conductor televisivo de programas de concursos. Así que calculo que no me voy a matar nada. De todas maneras siempre es bueno no tener cerca un arma cargada en ciertos momentos de depresión. Lo realmente diabólico de las armas es que si no pensás, apretás el gatillo y bum, todo se termina. Es demasiado perverso e impulsa a la compulsión.
Creo que sigo vivo por curiosidad: por la simple duda de no saber que es lo que va a pasar mañana. Sé que no va a pasar nada, pero siempre en un rincón de mi cabeza invariablemente brilla una duda que me dice “hey, loco, mañana todo va a ser distinto, algo va a pasar, algo va a pasar”. Obviamente, después no sucede nada nuevo, pero, ustedes saben, la esperanza es un espejito de colores que brilla a lo lejos y uno lo sigue y lo sigue hasta que se acaba.
Yo por ahora lo sigo.
De todos modos, no tengo muchas otras cosas mejores que hacer.